jueves, 10 de julio de 2008

Cristología

Reconocer a Jesús hombre es lo único importante en el cristianismo. Una vez hecho ello, recién podremos afirmar con convicción, Jesús es Dios.

Muchas veces nos quedamos en frases como “Creo en Jesús” “Jesús es mi Dios” “Jesús es mi amigo”, pero ¿realmente conocemos a Jesús?, sabemos lo suficiente de ese hombre, del hijo del carpintero, para afirmar que es Dios.

A Jesús únicamente se lo puede llamar con certeza Dios, si comprendemos que era un hombre como nosotros, con las mismas limitaciones. Sabemos que antes de iniciar su ministerio tuvo que prepararse para vencer las dificultades y tentaciones que se le presentarían en el camino. Para saber lo que las escrituras decían tuvo que estudiar mucho, para conocer a Dios Padre tuvo que orar mucho, tuvo que luchar contra prejuicios, malos conceptos, envidias y demás, hasta morir en la cruz.

Todos los intentos de clasificar a Jesús dentro de los modelos de su tiempo resultan vanos. No es posible encerrarlo en ningún grupo determinado. Jesús no pertenecía a la alta clase sacerdotal, no era un fariseo evitando el trato con gente pecadora, no era zelota o terrorista armado que intentaba expulsar a los romanos a la fuerza. Jesús era laico, pero sobretodo era un hombre libre de toda atadura, libre de todo prejuicio, libre de acercarse a mujeres, niños, enfermos, pecadores, cobradores de impuestos, gente que era discriminada en ese tiempo, y mirarlos a los ojos y tratarlos como seres humanos, como amigos sin importar lo que los demás opinaran. Jesús nos invita a estar junto a los discriminados de siempre, para devolverles su dignidad de hijos de Dios, nos muestra que todos somos hijos de Dios, y si Él no hace diferencia, nosotros tampoco debemos hacerlo, no debemos considerarnos ni mejor, ni peor, ni más, ni menos que los demás.
Jesús vino a instaurar el Reino de Dios en la tierra, vino a romper las reglas impuestas, que lo único que hacían era atar a los hombres y mujeres. Jesús vino a liberarnos de prejuicios, nos muestra a Dios como nunca antes, un Dios que es AMOR, nos da un nuevo y único mandamiento, que nos amemos como Él nos ha amado. Un AMOR que da, que no intenta cambiar ni convencer a los demás, un AMOR que da a los demás la oportunidad de ser ellos mismos.
Jesús nos muestra con parábolas, a través de historias comunes cómo debemos actuar, nos revela a Dios Padre, el Reino de Dios, la misericordia, el AMOR de Dios y del prójimo, nos enseña la sabiduría que debemos tener, la fe, la prudencia, entre muchas otras enseñanzas, que quien dice amar a Dios debe aplicar en su vida.

Los judíos habían limitado a Dios a cuatro paredes, discriminaban a Dios, lo de adentro era sagrado, lo de afuera era impuro. Al destruir Jesús el templo, libera a Dios y a la humanidad de ese encierro, y al reconstruirlo en tres días, anuncia que a partir de su resurrección la iglesia se formaría, iglesia viva, con Dios presente en ella, con Jesús a la cabeza y guiada por el Espíritu Santo.

Mucha gente llamando a Jesús esto o lo otro, imagina conocerlo. La fe consiste en seguir a Jesús sin ideas preconcebidas. "¿Eres hombre? ¿Eres Dios?" Jesucristo no es el hombre ni el Dios que te imaginas. Es un Dios humano, es un hombre divino. El es El, el Único. La fe, como el AMOR va más lejos que el Hombre. La Encarnación de Dios en Jesucristo puede expresarse como el sueño realizado de la verdadera unidad entre Dios y el ser humano a través del AMOR.

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